Acaban de despedirse en la esquina de su calle, a unos cincuenta metros de donde ella se encuentra ahora. Camina hacía el portal mientras repasa mentalmente las palabras y caricias compartidas hace solo unos instantes y no puede evitar sonreír. Todavía esta nerviosa. De pronto alguien la hace girar. Es él, que sin decir nada la agarra la cara con las manos para besarla otra vez. Y la besa despacio. Luego se aparta un instante, la mira y se marcha.

Ese será su beso perfecto, ese que recordará toda la vida, pero ella todavía no lo sabe.