Aburrirse es aburrido. Te deja mucho tiempo para pasear por los caminos de la memoria. Y a veces, cuando menos te lo esperas, terminas caminando de la mano de fantasmas con los que creíste que no te volverías a encontrar. Te equivocabas. Siguen ahí, esperándote, inalterables. Y vuelven a tu vida como un torbellino. Con fuerzas renovadas. Como si hubieran estado de vacaciones o llevaran un tiempo preparándose en el gimnasio o se hubieran sacado un master. Y tu no sabes que hacer, ahí plantada, con esa cara de idiota.

Tengo que ser fuerte, piensas. Pero sabes que has perdido la batalla incluso antes de empezar. Y te dejas caer. Hoy no quieres luchar, estas muy cansada. Lloras una lágrima tras otra, y te acurrucas y lloras. Y sientes la mayor tristeza jamás conocida. Y lloras y lloras.

Luego llega la calma. Y ese extraño silencio. Así que pones música, o la televisión. Enciendes un cigarro, incluso puede que te comas un yogurt. ¿Le he dado de comer al gato?, te preguntas, si, creo que si. ¡Mierda!, ¿qué hora es?, y sales corriendo, porque de pronto recuerdas que los fantasmas no son los únicos que van al gimnasio.