Acaban de despedirse en la esquina de su calle, a unos cincuenta metros de donde ella se encuentra ahora. Camina hacía el portal mientras repasa mentalmente las palabras y caricias compartidas hace solo unos instantes y no puede evitar sonreír. Todavía esta nerviosa. De pronto alguien la hace girar. Es él, que sin decir nada la agarra la cara con las manos para besarla otra vez. Y la besa despacio. Luego se aparta un instante, la mira y se marcha.
Ese será su beso perfecto, ese que recordará toda la vida, pero ella todavía no lo sabe.
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A sólo unas horas del comienzo de su nueva vida, Ella echa la vista atrás. Sabe que no debe hacerlo, pero no lo puede evitar.
Recuerda aquel otoño que se llevó sus sueños de golpe, mientras Ella ajena a todo lo que estaba pasando, luchaba contra el tiempo en un apartamento vacío.
Aunque no dice nada, sabe que las cosas fueron mucho mas crueles de lo que Él la contó. No ha sido fácil para Ella. Ha tenido que luchar contra fantasmas, contra miedos, contra miradas inquisidoras, noches eternas y tinieblas.
Pero sobretodo, ha tenido que aprenderse otra vez. Tuvo que reconocer que esa Ella a quien adoraba, esa que solo se manifestaba cuando estaba con Él, murió tras aquella confesión. Lo recuerda bien. En la cama acurrucada, sin poder moverse, sin apenas respirar, sintiendo como algo dentro de ella se moría lentamente, sin saber todavía lo que era. Tuvo que reconocer que Ella no era quien siempre se creyó, y aceptar quien era en realidad. Eso fue lo más duro de todo.
Ahora, tras un reencuentro y un sin fin de capítulos de relleno de todos los colores, tras risas, abrazos, llantos, besos, viajes, sensaciones, tras nuevas lecciones de lo que cada uno son en realidad, tras aprenderse, tras aprenderle, tras despertar, Ella descubre con ilusión a una nueva Ella con Él, y la cae bien, muy bien. Sin duda es una buena protagonista para ese cuento sin final que éste nuevo otoño les regala, lleno de ilusiones renovadas, misterio y pompas de jabón.
Y se sorprende al pensar como un otoño alejó sus sueños y otro, éste, junta sus caminos.
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...Y entonces, Él la regaló una lluvia de estrellas fugaces, y Ella pensó que aquello era un capítulo de relleno perfecto para el cuento que acababa de regalarle.
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A veces Ella no sabe donde narices ha puesto la ilusión, lo único que sabe es que no la encuentra. Quizá la perdió en un septiembre que es octubre y que nunca llega. Y así, cansada de esperar esperando, se convierte en una niña caprichosa, egoísta y estúpida. Y muy injusta. Y se queda quieta y callada, sin hacer nada, mientras observa.
Y lo que ve es a Él a lo lejos, que a veces la llama por teléfono, siempre por las noches, siempre a la misma hora, sin sorpresas, sin espontaneidad, sin anhelo, sólo como quien se lava los dientes antes de acostarse.
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